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Confesiones de un Viajero: Iniciación

chilean mate

Tenía cerca de seis años cuando cuando tuve mi primera experiencia exótica culinaria, esa que cambió mi vida para siempre.


Mi padre estaba convencido de que ya era hora de empujarme hacia el mundo más real, y en la caleta de Pichicuy, Chile, decidió que aquella sería la lección.


Me llevó a la caleta de pescadores y allí me presentó a un conocido suyo, un pescador curtido que parecía escapado de una historia de piratas, de esos hombres que llevan el mar pegado a la piel. Tenía las manos como lija, su buen cuchillo en mano, la barriga hinchada y manchada con lo que parecían restos de sangre, vísceras y escamas de pescado. Y esa mirada tranquila de gente que ya hizo las paces con el mar.


Mi viejo tenía algo raro, magnético... donde caminaba, la gente lo conocía y si no te sacaba igual una conversa y por ahí también una risa. Parecía alcalde.


Y es que en Viña del Mar, nuestra ciudad, ir con él al centro era una odisea. A cada cuadra alguien lo detenía, para hablar de fútbol, tirar la talla o simplemente reírse fuerte, como era él. Las conversaciones se estiraban hasta el absurdo.


Y en esa caleta —aunque estábamos lejos de nuestra ciudad— pasó exactamente lo mismo.


Entre risas y carcajadas, de esas que hacen que la gente alrededor se dé vuelta a mirar quién está armando tanto escándalo, la visita improvisada terminó convirtiéndose en una degustación de mariscos locales. Había que comprobar lo buenas que estaban las almejas y las machas. Seguramente yo ya las había visto antes. Pero ahora estaba presenciando algo distinto.


Desde abajo observaba a los gigantes intercambiar cuchillos, conchas y limones. Había gestos rápidos, seguros, casi rituales.


¿Qué mierda está pasando?

¿Por qué les gusta tanto?

¿De qué se trata todo esto?


Claro que todo eso ocurría solo en mi cabeza. Yo no decía nada. Mi presencia era la de un fantasma, un pendejo de seis años al que nadie le pedía opinión. Me limitaba a observar. A veces lo apuraba cuando me aburría y la conversación ya llevaba demasiado tiempo.


Pero ese día fue diferente. Ese día mi padre me dijo que probara una macha cruda con limón. La invitación era suya, sí. Pero el ritual lo dirigía el pirata.


El pescador abrió el molusco con una naturalidad obscena, como si destripar criaturas del océano fuera la cosa más normal del mundo. La carne húmeda y blanda quedó expuesta dentro de la concha.


Aquello tenía una forma casi extraterrestre y la textura de algo que claramente no estaba pensado para niños. Ni para adultos con dignidad, si soy honesto.


El viejo exprimió un limón encima. Luego, desde las alturas del mundo adulto —desde lo que a mí me parecía un Olimpo— extendió la mano y me ofreció la macha como quien entrega una antorcha.


Era lo más horrible que me habían ofrecido comer en mi vida. Y ahí estaba yo. En tierra de gigantes. Donde decir “no” no era realmente una opción y decepcionar al héroe de mi padre tampoco.


Así que hice lo único que podía hacer. Confié. La tomé y me la tragué. Entonces ocurrió algo extraño. El mar explotó en mi boca.


Sal, yodo y limón, como si el océano entero se hubiera colado por un segundo dentro de mi lengua.


La acidez del limón, la textura suave, viscosa y viva del molusco. Al principio no era agradable. Pero tampoco era malo. Era… otra cosa. Un descubrimiento privado disfrazado de acto público.


Y después de unos segundos, todos esos estímulos empezaron a encajar. ¿Cómo era posible que algo tan crudo, tan violento, tan desagradable a la vista… fuera tan bueno?


Mi padre me miró sorprendido cuando vio mi reacción. Y, fiel a su estilo, resolvió el asunto de la forma más simple posible, compró un saco entero de machas frescas. Un saco enorme. Lleno de machas vivas que aún se cerraban cuando los tocabas.


Pero el verdadero rito no ocurrió en la caleta. Ocurrió después. Volvimos a nuestra cabaña, al final del pueblo. Armamos una mesa sencilla afuera: dos sillas, dos cuchillos, un saco de machas y una tarde de verano de esas que no parecía terminar nunca.


Mi viejo me puso un cuchillo en la mano. No como juguete. No como gesto simbólico. Como herramienta. Como arma. Como señal de confianza.


Y ahí estaba yo, abriendo machas una tras otra. Torpe. Lento. Concentrado. Con un cuchillo demasiado afilado para mis manos infantiles.


Mi padre me observaba, corrigiendo gestos, explicando cómo entrar la hoja sin romper la carne. El capitán dando instrucciones al nuevo tripulante.


En algún momento —sin ceremonia ni aplausos— dejó de ser un juego. Ya no estaba mirando. Ni aprendiendo. Estaba participando y la comida dejó de ser el objetivo. Se volvió el vehículo.


Mientras abríamos machas hablamos de todo: del mar, de los pescadores, de los moluscos, de la vida. Conversaciones simples, sin pretensiones, pero cargadas de algo que en ese momento no sabía nombrar... Complicidad.


Y sin darme cuenta, ya estaba dentro. Ese fue el momento exacto en que dejé de ser solo un niño. Me había convertido en parte de la tripulación.


Años después entendí la regla que se selló esa tarde, aunque nadie la dijo en voz alta: Lo desconocido no se contempla desde la orilla, se cruza.


Desde entonces he perseguido experiencias intensas, raras, místicas o directamente estúpidas por medio mundo. Nadar con tiburones, saltar en paracaídas, comer el corazón aún latiendo de una cobra en Vietnam... Viajes, maestros, historias, cicatrices.


Pero si soy brutalmente honesto, todo empezó ahí. Cada riesgo. Cada salto. Cada "locura", no han sido más que una repetición del mismo juramento. El de aquel niño que se tragó algo horrible para conocer el mundo. Y que descubrió, sin entenderlo todavía, algo que con los años se volvió evidente, comer es la forma más antigua de viajar.


Porque la gente comparte comida igual que comparte sus historias. Y el mundo, cuando te atreves a probarlo, siempre sabe distinto.


A veces con miedo. A veces improvisado. A veces sin previo aviso. Con un poco de limón. Como el mar. Como las cicatrices. Como esas decisiones estúpidas y sin mucho sentido que uno toma de niño… y que después terminan definiendo —y a veces rimando— toda una vida.


Porque, pensándolo bien, todo empezó exactamente así, con un niño de seis años, su viejo, una macha cruda… y un poco de limón.

Sígueme en @chilean_mate para más experiencias de viaje. Prometo poco glamour, muchas verdades y alguna que otra recomendación sobre mis propios errores...

 
 
 

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